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El discurso político en las historias: ¿cómo manejarlo?

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El discurso político en las historias: ¿cómo manejarlo?

Una de las preguntas más comunes que me hacen tanto escritores como lectores y espectadores, va en relación con el discurso político que es tan común ver en Hollywood y otros medios narrativos modernos.

Muchos de ellos se sienten fastidiados porque piensan que una historia no debería incluir ningún tipo de mensaje político, mientras que otros se preguntan por qué hay quienes se molestan al ver su inclusión.

Lo cierto es que ambos lados tienen algo de razón, y es importante comprender las dos posturas para entender cómo se debe manejar el discurso político en una historia.

Si quieres aprender más al respecto, ¡no pares de leer!

¿A qué me refiero con “discurso político”?

Para empezar, hablemos bien de lo que es un “discurso político”. Al contrario de lo que piensan algunos, aquí no estamos hablando de propaganda, no estamos hablando de un mensaje político enviado con un propósito específico.

En realidad, cuando hablamos de discurso político en el contexto narrativo, nos referimos a una idea que se explora y se debate desde distintos ángulos y que tiene bastante relevancia en el contexto político y social en el que la obra fue construida.

Ahora, la idea de “política” es bastante amplia y hay que saber entenderla, ya que no se reduce simplemente a leyes y legislaciones, sino también a opinión pública y dialecto social. Dicho de otra forma, un discurso político puede aparecer incluso en historias que no buscan ser políticas, pero manejan un tema polémico que resulta controversial para la comunidad.

Hoy en día, estamos hablando de cosas como el aborto, la adopción por parte de parejas homosexuales, el racismo, la extrema izquierda y derecha, el feminismo, etcétera.

La forma en la que la narrativa trabaje estas ideas puede dar lugar a debates apasionantes e, incluso, a que las posturas de las personas tomen más forma y coherencia, pero también pueden producir una mayor radicalización de los sectores extremos y alejar la atención de los personajes y la temática hacia conflictos externos que nada tienen que ver con la obra.

Esto último es más importante de lo que crees porque, si partes de la idea de que tu historia existe para “educar” a las personas sobre tu postura y por qué es incuestionable que tienes razón, en lugar de ayudar estarás polarizando todavía más el discurso político social, aumentarás el fanatismo y echarás más leña al fuego en lugar de servir como inspiración para llegar a un acuerdo.

Dicho de una forma más visceral, te parecerás más a los directores de publicidad de gobiernos tiránicos que a un verdadero artista.

¿Te conviene incluirlo?

Todos los temas que mencioné antes tienen una inmensa cantidad de posturas y suelen formar parte de conversaciones álgidas y airadas cada día. Esto nos revela la primera razón por la que es arriesgado manejar temas propensos a generar un discurso político en una historia: se prestan a que la audiencia pase una mala experiencia.

Después de todo, hay que recordar que muchos van al cine o agarran un libro con la intención de entretenerse, no meterse en un debate de esos que arruinan la comida familiar de los domingos.

Sin embargo, eso tampoco es cierto para todo el mundo. También puede surgir un gran placer intelectual cuando nos topamos con historias que cuestionan nuestra perspectiva y nos dan algo EN QUÉ PENSAR.

Si llevas tiempo leyendo el blog, seguro me has leído repitiendo esa frase unas cuántas veces, y es que ahí yace el secreto de por qué el discurso político puede ser tan valioso para una narrativa.

Verás, algunos consideran que es una desventaja del ser humano la incapacidad que tenemos para ponernos de acuerdo con las cosas importantes, pero en realidad esa es una de nuestras mayores fortalezas.

Considerando que no somos omniscientes ni tenemos la capacidad de descifrar los misterios insondables del universo y la existencia humana, es completamente ridículo (y aburrido) esperar que todos podamos conocer la verdad absoluta solo porque sí.

El mundo es complejo; la vida es compleja, y es por medio de la experiencia y conocimiento colectivo que hemos sido y seremos capaces de navegar esa complejidad. Cuando surgen discusiones en el ámbito político, lo que estamos viendo es en realidad algo maravilloso: es el esfuerzo humano por interpretar la realidad y descubrir algo que, individualmente, ninguno de nosotros podría conseguir.

Eso último que dije también es un ejercicio de humildad para los escritores, ya que una de las primeras cosas que debemos entender es que no SOMOS NADIE para estarle diciendo a la gente cuál es la verdad.

Ese no es nuestro rol. Nuestro rol es meternos en esos puntos morales grises y ambiguos, y desarrollar una historia que nos ayude a nosotros y a los demás a explorar una idea compleja; independientemente de si esta idea tiene ramificaciones políticas o no.

Cuando haces eso como escritor, le estás dando a tu audiencia algo invaluable y único, y estás demostrando el verdadero valor que tiene el arte en nuestras vidas: la de trabajar y explicar algo que es muy difícil de colocar en palabras simples y objetivas.

¡Por eso es que no está mal que consideres consumir o crear historias que manejen algún tipo de discurso político!

¿Cómo evitar que se convierta en propaganda?

Como mencioné antes, cuando hacemos mal uso del discurso político dejamos de ser autores y nos convertimos en una voz propagandística y fanática carente de profundidad.

Si quieres evitar esto, te daré algunos tips que resultarán cruciales para que tu obra no caiga en esta trampa. ¡Aquí te van!

Explora con honestidad ambos lados del conflicto

Una de las principales razones por las que es difícil incluir un discurso político en una historia es que NECESITAS tener la intención de ENTENDER A FONDO al otro bando.

Esto es muy complicado porque necesitas deshacerte de tus prejuicios y estar dispuesto a abrir tu mente hacia una postura que quizás te da asco. Necesitas ser capaz de sentarte a escuchar (y de verdad escuchar) a alguien que solamente te dirá cosas con las que no estás de acuerdo.

Aparte, vas a escuchar con la intención de entender. No vas a decirle por qué está equivocado, sino que vas a ir en busca de las razones más profundas por las que alguien piensa distinto.

Para exponerlo de manera más gráfica, vamos a imaginar un escenario hipotético. Digamos que quieres construir una historia relacionada con un grupo de personas que lo único que quieren es que el chocolate deje de existir. ¿Por qué? No lo sabemos y ese es el punto. Claro que de entrada nos suena a una locura y estamos en contra nada más empezar, quizás hasta nos da risa; pero para hacer nuestra historia necesitamos entenderlos a fondo.

Vamos con alguien del grupo y empezamos a indagar. La conversación inicia así:

Tú: entonces, ¿por qué no les gusta el chocolate?

Sujeto: porque no hay nada más malvado en el mundo.

Quizás en este punto se te vayan los ojos para arriba y respires de forma exasperada, tentado a dejar la conversación hasta aquí, pero eso sería un error. La realidad es que, por ridículo que te parezca, hay GENTE que piensa así (bueno, en realidad no, esta postura me la inventé, pero entiendes a qué me refiero) y como tú eres gente también, al final del día debes deshacerte de la concepción de que eres distinto a ellos.

Ahora, continúas:

Tú: ¿Por qué dices eso?

Sujeto: según este estudio y este otro, el chocolate es una droga de entrada a tal y tal cosa, también causa depresión e ideas suicidas en las personas, además, se ha demostrado que también lo pueden utilizar como sustancia para lavarnos el cerebro.

Tú: eso suena extremo, ¿cuál es la evidencia?

Sujeto: está este y este otro testimonio, además de estos institutos que ya están limitando su uso. En sí, lo malo no es el chocolate, sino esta sustancia que las compañías le añaden para que sea más adictivo. Lo que sucede es que, si se la quitan, la organización mundial de los postres ya no aceptaría que es chocolate; por eso es que en nuestra postura oficial decimos “muy bien, entonces que el chocolate deje de existir”.

¿Ves lo que trato de decir? La postura sigue siendo extrema y hay muchas cosas que cuestionarle, pero ahora existen RAZONES LÓGICAS que te permiten entender por qué alguien pensaría de esa forma.

Al inicio, seguro pensabas que se trataba de un idiota o de un ignorante, pero quizás ahora, aunque sigues sin estar de acuerdo, eres capaz de ver que solamente es alguien preocupado porque ve un problema de una manera muy distinta a ti.

Esa capacidad de apertura debes tenerla si quieres manejar en tu historia un discurso político con honestidad.

De la misma forma, así como te educas sobre los puntos fuertes de tu oposición, debes descubrir los puntos débiles de tus propias ideas; cuestionar y tomarte en serio los conceptos que ponen en tela de juicio la opinión que mantienes.

Tu historia no es una plataforma para que le digas a tu audiencia qué pensar, sino EN QUÉ PENSAR. ¡No lo olvides!

Deja que los personajes tengan opiniones propias

Ahora, te educaste y conoces a fondo la idiosincrasia, buena y mala, de tu postura y la opuesta, pero ¿cómo lo traduces a tu narrativa?

Bueno, construyendo personajes de ambas posturas que tengan distintas razones para pensar como lo hacen. Asegúrate que tanto en el lado de los héroes como el de los villanos existan representantes de los dos lados del conflicto, y evita construirlos como estereotipos.

Una vez que hagas esto y le des agencia a estos personajes, sus mismas diferencias filosóficas crearán un conflicto genial en tu narrativa que te ayudará a darle profundidad temática al discurso político.

Deja el final abierto

Muchos escritores que hacen un trabajo genial para crear una narrativa con un discurso político complejo, terminan cayendo ante la terrible tentación de, al final, definir un claro ganador.

Por regla general, mientras más complejo y controversial sea un tema, más difícil será que exista una sola respuesta a la pregunta que plantea. Por lo tanto, no deberías suponer ni por un instante que serás capaz de mostrarla.

Lo mejor, entonces, es dejar un final abierto y permitir que la audiencia forme sus propias opiniones. Esto es lo que diferencia historias malas como Todo Va a Estar Bien de historias geniales como A Few Good Men.

Mientras la primera, literalmente, termina con una canción diciéndote la opinión de los autores y expresándote claramente cuál es la postura correcta según los creadores; la segunda te deja preguntándote sobre la verdadera naturaleza de la guerra, el ejército, el estado y del sistema que protege la civilización moderna.

Estas historias no son para que el autor decida y concluya la respuesta definitiva a un problema complejo; sino para que la audiencia tenga avenidas para pensar de forma distinta e idiosincrásica sobre un conflicto trascendental.

¡Y con esto acabamos! Espero que el artículo te haya resultado interesante. Si fue así y quieres leer otros parecidos, ¡considera suscribirte al newsletter del blog!

Publicado en Escribir

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