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El Gigante de Hierro: ¿la nostalgia nos ha cegado?

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El Gigante de Hierro: ¿la nostalgia nos ha cegado?

Después de quién sabe cuánto tiempo, me volví a sentar a ver una película que seguro a muchos de nosotros nos marcó en la infancia: el Gigante de Hierro.

Creo que conozco muy pocas personas que no tengan recuerdos gratos de esta película y lo cierto es que tenía un poco de miedo al volver a ella, pensando que quizás ese cariño se debía principalmente a la inocencia con la que uno ve las películas de pequeño, en lugar de ser la consecuencia de una narrativa bien construida y poderosa.

Entonces, ¿qué tal salió el experimento? ¡Deja que te lo platique aquí!

Nota: este artículo SÍ contiene spoilers, aunque creo que no hay muchos que no hayan visto esta película.

Breve resumen de la trama de El Gigante de Hierro

Para aquellos que no se acuerdan mucho de la película, aprovecharé ahora para darles un breve resumen.

Durante la Guerra Fría, en un pequeño pueblo de Estados Unidos llamado Rockwell, se estrella una extraña criatura proveniente del espacio sideral: un Gigante de Hierro.

Un pobre marinero es el único que se topa con él, pero, obviamente, lo tachan de loco al escuchar lo que sucedió. Por esa razón, a este sujeto no le queda de otra más que llamar al gobierno estadounidense para que investigue la amenaza.

A todas estas, un solitario pero valiente niño llamado Hogarth se encuentra con este extraño Gigante, el cual parece necesitar comer hierro para sobrevivir. Esta característica lleva a la criatura a devorar una planta de electricidad por accidente y sufrir una descarga que casi acaba con él.

Por suerte y compasión, Hogarth decide salvar al Gigante, lo que termina creando una relación entre los dos.

El Gigante es un ser inteligente, aunque el golpe de la caída ha hecho que olvide el propósito de su visita y, básicamente, lo convierta en una especie de bebé.

Esto hace que Hogarth sea el encargado de enseñarle al Gigante de Hierro sobre el bien y el mal y se genere una dinámica interesante que explora la naturaleza del ser humano.

En contraste, el agente enviado por el gobierno, Kent Mansley, está obsesionado con encontrar a la criatura y destruirla, puesto que, como él mismo dice, si el Gigante no fue construido por los Estados Unidos, entonces su mera existencia representa un peligro.

A pesar de los esfuerzos de Hogarth, Kent descubre la existencia del Gigante y el ejército de los Estados Unidos se presenta en Rockwell con la intención de lidiar con la “amenaza”.

Con la ayuda de un sujeto llamado Dean, Hogarth logra engañar momentáneamente al ejército y humillar a Kent, pero todo se va al caño cuando, mientras Hogarth jugaba con una pistola de juguete, apunta al Gigante y este se “defiende” de forma automática.

Dean se da cuenta y el Gigante queda horrorizado con lo que hizo, sabiendo que pudo haber sido causante de la muerte de su amigo.

El Gigante se va corriendo despavorido sin darse cuenta de que se dirigía a Rockwell. Hogarth logra alcanzarlo y lo calma, pero el ejército descubre a la criatura y empiezan a dispararle.

El Gigante logra resistir por el momento las ganas de disparar de vuelta, pero, durante la lucha, una fuerte explosión hace creer al Gigante que Hogarth fue asesinado.

Este triste evento le devuelve al Gigante su memoria y lo pone en una especie de trance que lo convierte en una máquina invencible y sedienta de sangre. Poco a poco, empieza a aniquilar a todo el ejército, que considera utilizar armas nucleares para lidiar con el monstruo.

Hogarth despierta y nuevamente va con su amigo, recordándole que él no es malo, sino un héroe como Superman (alguien a quien ambos personajes admiran).

El Gigante decide calmarse y todos los presentes descubren que en realidad solo es peligroso si lo atacan. Sin embargo, Kent no está contento con esto, y, en un arrebato de miedo y locura, da luz verde al lanzamiento de una bomba nuclear que caerá sobre la ciudad, matándolos a todos.

Es una triste escena donde todos los personajes se preparan para el inminente final… excepto el Gigante de Hierro. En una última demostración de su naturaleza bondadosa, decide sacrificarse a sí mismo para salvar a la ciudad.

El Gigante vuela hacia la bomba y la intercepta en la atmósfera, convirtiéndose en un héroe de verdad.

La ciudad construye una estatua conmemorativa para el Gigante y vemos a un Hogarth finalmente acompañado de amigos, pero igualmente triste por la muerte de su compañero.

Sin embargo, no todo está perdido, ya que una pieza del Gigante de Hierro, quien era capaz de reconstruirse, se activa y todo parece indicar que nuestro amigo de acero sigue vivo después de todo.

¿De qué trata esta película?

El Gigante de Hierro es una película que hace un excelente trabajo para explorar un contexto social complicado y estudiarlo de una forma profunda.

Como comentamos antes, esta película tiene lugar durante la Guerra Fría, lo cual de inmediato nos hace recordar que este periodo se caracterizó en buena manera por la inminente amenaza de un holocausto nuclear.

Nunca estuvimos tan cerca de aniquilarnos a nosotros mismos como en esa época, y el Gigante de Hierro se mete de lleno en ese conflicto para explorar el porqué no lo hicimos y qué necesitamos recordar para que tampoco ocurra en el futuro.

El contraste entre Hogarth y Kent nos demuestra esto de una forma simbólica genial: mientras Hogarth le da el beneficio de la duda al Gigante y es motivado por la curiosidad, Kent está completamente absorbido por un terror malsano que le hace pensar que todas sus acciones, por inmorales que sean, están justificadas.

Dicho de otra forma, el Gigante de Hierro, en su sentido más profundo, es una película que explora la parte del ser humano que enfrenta lo desconocido con optimismo y valentía, y la parte que lo enfrenta con cobardía y arrogancia.

El método de Kent crea monstruos vengativos e invencibles, mientras que el método de Hogarth crea héroes con capacidad de autosacrificio.

Es por eso que a todos se nos eriza la piel cuando, en esa escena climática, el Gigante recuerda la frase de Hogarth “Tú eres quien eliges ser” y responde con una sonrisa: “Superman”.

Ese momento nos rescata como seres humanos porque nos recuerda que, a pesar de todas nuestras fallas, vicios, guerras y pecados, también hay dentro de nosotros un héroe escondido capaz de redimirnos. Nos recuerda que nosotros también queremos ser alguien como Superman; alguien valiente capaz de sacrificarse por los demás.

Si te preguntas por qué tantas personas lloran en esta parte de la película… bueno, quizás es porque ellos eran los que más necesitaban escuchar esas palabras.

Después de tantos años, ¿todavía aguanta?

No lo voy a negar, viéndola de nuevo me di cuenta de que no es perfecta.

La soledad del personaje de Hogarth no se explora con mucha profundidad a pesar de que es crucial para su arco de personaje, y la película está llena de conveniencias narrativas, especialmente en lo que se relaciona con el tamaño del Gigante, quien parece ser un rascacielos en una escena, pero luego es lo suficientemente pequeño para que no lo descubran entre un montón de árboles en otra.

Dicho esto, ¿todavía aguanta la película?

Con mucha alegría te puedo decir que SÍ.

El Gigante de Hierro es una película con muchísimo corazón y que, si prestas atención, dice mucho más de lo que te imaginarías en una película para niños.

La animación sigue siendo tan genial como lo fue en su momento y el final de la película sigue pegando igual de fuerte que cuando eras pequeño.

Es una gran historia y definitivamente una que disfrutaré con mis hijas.

¡Y con eso ya llegamos al final del artículo! Espero que este contenido te haya traído gratos recuerdos y quizás te inspire a ver de nuevo esta película.

Si fue así (o no), ¡dímelo en los comentarios!

Publicado en Películas

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